Río, cielo y cascada
Ejercicio de escritura #2
¿En qué momento descansamos realmente? ¿En qué momento dejamos de perseguir un sueño, una meta, una vida? Los pensamientos fluyen como un río, la vida golpea con la fuerza del agua de una cascada. El paisaje alrededor goza de vida y de color, pero si nosotros vamos en el agua, si nosotros somos el agua ¿Cómo lo apreciamos? El mundo se conforma de nosotros, se alimenta de nosotros. Le damos humedad, frescura, pasión. Recorremos montañas y valles, kilómetros y kilómetros, años, días y minutos, llevando con nosotros el agua que lo riega. Que riega los árboles, el césped, el musgo. Que da de beber a las aves, aquellas que vuelan libres, y a otros animales que se ocultan en el follaje que nosotros mantenemos con vida. Pero si nos envenenamos, cargamos con nosotros ese veneno. Y se lo damos a las plantas, a los animales, a la vida. Y solo el cielo, ajeno a nosotros, observador de nuestros actos, permanece impoluto. Solo el cielo cambia constante, apartado de nuestro cambio y de lo que producimos. El mismo cielo que las aves luchan por alcanzar infinitamente. Que busca reflejarse en el agua turbia y furiosa que cargamos. Que nos presume sus nubes blancas y esponjosas, sus tonos rosas y celestes, y que nos cubrirá de brillo con sus estrellas cuando llegue la noche. Y del mismo modo que el cielo sigue cambiando, seguimos fluyendo. Porque somos el agua que todo lo lleva y todo lo riega. ¿En qué momento descansamos, realmente?




Siento que soy como un río y que la escritura, o mis ideas, es el agua que me atraviesa. A veces avanzo con un caudal desbordante, con una fuerza que casi me sorprende; otras, apenas consigo arrastrar un hilo de corriente. Pero siempre fluyo. Siempre sigo.